De mañana se asomaba el Sol por la ventana, su intención era espiarnos, de nuestro amor contagiarse esperaba.

Y lo logró, aprovechó la danza de la cortina para llegar a mi cara, me despertó sobre tu pecho, amarrada a tu cintura y a tus piernas abrazadas. Descubrió la belleza de mi cabello sobre tu almohada y disfruto de tu sabor en las sabanas empapadas de sudor.

Mis dedos sobre tu piel dibujaban las fantasías que la noche anterior fueron cumplidas, se estremecían recordando cada caricia y recitaban cada gemido, saborean cada beso y de tu cuerpo volvían a morder cada esquina.

Mi respiración a la tuya sincronizada ya estaba, toda ilusionada y con una enorme sonrisa de enamorada, pero tú aún no despertabas. Quería una parte de mi que permanecieras así, debajo de mi, deseando detener el tiempo en ese instante que parecía tan perfecto, en el que un nosotros parecía tan probable. La otra parte no aguantaba las ganas de saberte despierto, de escucharte pronunciar mi nombre y con tu sonrisa el rostro iluminarme.

Como si no las estuviera contando viene ese reloj, viene a recordar las ya varias horas invertidas en soñar y recordar, en esperar por tu despertar, esas en las que de cada uno de tus movimientos he sido vigilante.

Pero tú  no despertabas y decidí que ya hora. Me atreví a salir de aquella habitación en la que tus caricias me habían tenido prisionera. De la forma más silente que pude me quite de encima las sábanas y desnudos caminaron mis pies hacia la puerta de aquel cuarto. Si, allí también me quede un rato a contemplarte, como si fuese el único propósito de mis ojos, mirarte y de lejos adorarte.

Hacer café parecía una buena idea, quizás el olor a despertar te invitaría. A la tercera de mis tazas entre habitaciones merodeaba sin poder, ni querer, dejar de imaginarnos en todas ellas juntos haciendo algo. En la sala alguna tarde de viernes abrazados entretenidos por una película, en el patio de atrás como niños corriendo e intentándonos alcanzar o mejor aún, besándonos bajo la ducha al comienzo de cualquier día. Incluido en todos mis planes futuros te tenía.

Casi era mediodía cuando lo que por tantas horas estuve esperando paso, oí a lo lejos de los tuyos un suspiro y el crujido de la cama a causa de tus movimientos, ¡por fin amor, estabas despertando!, corrí. Cuidadosamente de nuevo sobre tu pecho me apoyé, a tu cintura rápido y en silencio me amarré. Fuertemente cerré mis ojos, buscando entonces callar a mi acelerado corazón, ese que por tanto rato habia estado gritando tu nombre.

Y aunque tenía ya rosadas las mejillas fingía estar dormida, esperaba sentir en la frente tus labios.

Por completo despertaste y me besaste. El corazón ya lo tenía acelerado, fue tal como lo había soñado, como por tantas horas lo había imaginado.

Ver mi sonrisa reflejada en tus ojos era justo lo que le faltaba a mis mañanas.

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