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Pasado

Pasado, s. Pequeña fracción de la eternidad de la que tenemos un leve y lamentable conocimiento. Una línea móvil llamada Presente lo separa de un período imaginario llamado Futuro. Estas dos grandes porciones de la Eternidad una de las cuales borra continuamente a la otra, son eternamente distintas. Una está oscurecida por la pena y el desengaño, la otra iluminada por la prosperidad y la alegría. El Pasado es la región de los sollozos, el Futuro, el reino del canto. En uno se acurruca la Memoria, vestida con un sayal, la cabeza cubierta de ceniza, musitando plegarias penitenciales; en la luz solar del otro vuela la Esperanza llamándonos a los templos del éxito y los pabellones del placer. Sin embargo, el Pasado es el Futuro de ayer, el Futuro es el Pasado de mañana. Son una misma cosa: el conocimiento y el sueño.

The Devil’s DictionaryAmbrose Bierce

Amor

Amor, s. Insania temporaria curable mediante el matrimonio, o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal. Esta enfermedad, como las caries y muchas otras, sólo se expande entre las razas civilizadas que viven en condiciones artificiales; las naciones bárbaras, que respiran el aire puro y comen alimentos sencillos, son inmunes a su devastación. A veces es fatal, aunque más frecuentemente para el médico que para el enfermo.

The Devil’s DictionaryAmbrose Bierce

Los límites del amor

Hasta dónde amarte sin renunciar a lo que soy

Muchos años han pasado desde que el libro Los límites del amor de Walter Riso formó parte de mi vida, en aquel entonces estuve de acuerdo y obré en base a sus enseñanzas. No sabría describirte con precisión como es que el tiempo cubrió algunas de sus enseñanzas como si de polvo se tratase. Hoy lo recuerdo y recurro a él para nuevamente conducirme sobre lo que prudente y sano es —hablando de amor—.

Son lindos los detalles por alguien, puede llegar a ser heroicos los sacrificios, bellas las palabras, las acciones y la entrega siempre que uno no pierda su propio camino por seguir los pasos de alguien más.

Los límites del amor no limitan al amor, el amor es y será maravilloso siempre y cuando no lastime a su portador. El amor enfocado siempre será más significativo que un amor desmesurado, el amor dedicado será recordado, el amor correspondido será el más grande que ha existido.

Comparto este cuento llamado El príncipe desencantado incluído en el libro:

Cuentan que una bella princesa estaba buscando consorte. Aristócratas y adinerados señores habían llegado de todas partes para ofrecer sus maravillosos regalos; joyas, tierras, ejércitos y tronos conformaban los obsequios para conquistar a tan especial criatura.

Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más riquezas que amor y perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, le dijo:

—Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor: estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia, y sin más ropas que las que llevo puestas. Ésa es mi dote.

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar y le dijo al joven plebeyo:

—Tendrás tu oportunidad: si pasas la prueba, me desposarás.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando, la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos.

Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona habían salido a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la infanta, el joven se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca alcanzó al joven plebeyo y le preguntó:

—¿Qué fue lo te que ocurrió?, estabas a un paso de lograr la meta. ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?”.

Con profunda consternación y algunas lágrimas mal disimuladas, el joven plebeyo contestó en voz baja:

—No me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora. No merecía mi amor.


Referencias: