Que extraños pensamientos me provocas. Si, digo me provocas; porque me resulta más sencillo culparte por estos deseos, estos “tus sentimientos”, estas ganas de ser tuyo, sólo tuyo y no saber de nada más. Mientras que tu influencia sobrevenga y con tu personalidad sin vergüenza, mientras tu tan directa, tan perversa en esta tu fantasía en la que serás mía y sólo mía.

Mirarte constante en el pequeño espacio que tú misma ganaste, aquel rincón de mi vida en el que tus pensamientos y mis palabras persistían, mientras hablabas de deseos, mientras pretendía yo no ser uno de esos. Hasta que no pude más negarte; cuando tu cuerpo se presentó entre mis sueños y mi mente no pensó en otra cosa que desearte.

Entre sueños de los que no quiero hablar, los que aún niego. Donde me hiciste perder y no ver más allá que tu cuerpo, en donde perdí como todo hombre que se pierde y cede ante ti, hasta entregarte todo y volverme ciego. Tal fue mi entrega que en aquella fantasía de media noche; me volví más que tu esclavo y no tuve control de mí.

Aquella noche abrías tus piernas y me sonreías, mientras que con palabras frías ordenabas y susurrabas dulce y malvada. Como si fueras tú el hombre y yo la puta atenta a cualquiera de tus órdenes. Acercándome lentamente y arrastrando conmigo el deseo en silencio, conteniendo las ganas de vengarme, sometiendo mis pensamientos y cumpliendo tus húmedos caprichos.

Atraído por una fuerza inevitable, por un olor tan sutil como intenso, más allá de tus senos, más profundo y constante que emanaba sólo de tu deseo, más allá de tus piernas y más poderoso que tus pensamientos. Hasta llegar a ti y posar mis manos sobre tus piernas, adorándolas como dos monumentos, firmes y suaves, tan besables, rindiéndoles culto como quien de arte sabe.

No hacía más que tapizar tu piel con mis besos, llenando tus piernas de mi aliento, rayando con mis dientes aquella piel que quería desgarrar de deseo, subiendo lentamente beso a beso tus pantorrillas imaginándome ya el sabor de tu sexo.

Lamiéndome los labios para humedecerlos, tomando fuertemente tus muslos y abriéndolos, como se abren las puertas con ímpetu y sorpresa, como se aplaude en una ovación ensordecedora; así era tu sexo entre tus muslos escondido, detrás de un pequeño pedazo de tela, aquel que yo fingía no contemplar, aquel que fingía no oler con desesperación mientras más pendejo me hacía besando tus muslos y subiendo lentamente como si de verdad interesado no estuviera en irte a explorar.

¿Tú? Fría y seria. Esbozando ocasionalmente una sonrisa, esa sonrisa tuya de ver a un hombre rendido a tus pies, pero fuera de eso; me regalabas una mirada llena de instrucción, una mirada que decía clara que debía hacer yo.

Mientras de pie abrías sutilmente las piernas, yo clavaba las manos por debajo de tu falta hasta las caderas, mis dedos buscaban de donde sujetar tu pantaleta para desprenderte de ella. Entre el loco juego mío de ir lento pero apresurado, durante ese juego torpe de pretender no desearte, era inevitable no mirarme la ganas en el rostro y ver como mordía mis labios por besar, por lamer tus labios.

Tomando tu vientre con mi palma e impulsándote a sentarte, abriendo tus piernas y desapareciendo de ti la única prenda que jamás deberías vestir. Acercándome quemándote la piel con mi lengua, sintiendo a cada centímetro lo inevitable de la distancia, recorriendo el largo camino por tus muslos hasta mi boca, lamiendo entre ellos y oliendo de tu aroma; asomo mi lengua ansiosa, decidida a sentir tus pliegues, a probar de ti las mieles, a dar la vida por asfixia o al menos hasta volverte loca.

Hum, no puedo describirte lo delicioso que sabía, la gloría en cada viaje que emprendía mi lengua por tu vulva, lo húmeda y generosa, lo suave y de cómo te retorcías. Hasta entonces esa era mi victoria, verte a ti, a ti perdiendo la cordura, perdiendo esa estoica pose tuya; poniendo tus manos en mi cabeza y jalando mi cabello deseando, sintiendo, por fin perdiendo, por fin arrojando un suspiro profundo hacía el viento, levantando tu nuca y cerrando los ojos mientras tus piernas se movían hacía abajo y hacía arriba.

Creo que el mundo se había divido en dos y mi mundo se había pintado dividido por una línea imaginaria horizontal justo en el centro de tu cuerpo; en la cual por arriba estabas tú y tu agitada respiración, una mujer que disfrutaba ya sin importarle más, que se había dejado llevar por la lengua que le recorría lenta y paciente, que le presionaba constante el centro de lo que se había convertido su universo. Por arriba se encontraban tus jugosos senos, sensibles y erectos, firmes y suaves que casi pintaban en sí mismos las manos que debían tocarles, como invitando a ser acariciados.

Por arriba estaba tu cabello que comenzaba a desbaratarse por el movimiento de tu cabeza, por el toque desesperado de tus propias manos al no encontrarle un mejor uso que aprisionarme.

Por encima de mi mundo estaba tu espalda, curva, estirada, que se tensaba y se relajaba como queriéndose romper una y otra vez por la intensa tensión que existía debajo, en ella se marcaban tus costillas como si se fuesen a salir cuando sentías cercano un orgasmo.

Por encima estaban tus manos, que ya ansiosas recorrían tu propio cuerpo, que habían encontrado su sitio en tus senos, que apretaban y acariciaban justo como lo necesitabas, que abrían sus palmas y afinaban en sus dedos la suave piel de los pezones de tus senos.

Armas de doble filo son tus manos, errantes y suaves por tu mismo cuerpo, agresivas cuando cerrabas el puño al contacto de mi lengua en el lugar correcto, mientras que sin saberlo, tenía delante de mí todas las terminales nerviosas de tu cuerpo.

En este mundo habitaban tus ojos, que no sabían si debían permanecer abiertos o cerrados, que se apretaban junto a cada músculo de tu rostro pero que se abrían con la sorpresa que provocaba la succión por debajo. Habitaban tus labios, esos caníbales que se mordían a sí mismos amortizando con un poco de dolor el placer y las sensaciones que causaban sus gemelos labios míos, que los besaban sin tocarlos.

Tu respiración digna de una suicida, que se cortaba hasta no poderse contener más, que se guardaba, que se escondía, que cogía impulso para salir en un quejido, en un cuidadoso suspiro, en una entrecortado desfile que no podías controlar.

Tus pensamientos simplemente se habían ido, no había nada que pensar, no había esta vez ninguna instrucción que dar, toda mi boca estaba sobre tu vulva probando cada centímetro de ella, guardándola en mi memoria.

El mundo se había dividido en dos, uno por encima de tu clítoris, otro por debajo. Y por debajo estaba yo, sosteniendo tus muslos y recorriéndolos con firmeza, por debajo estaba tu clítoris rosado, hinchado, palpitante y preso de mis besos, preso de mi saliva, de mi lengua, de mis labios donde por fin sentías esa conexión; entre ese pequeño pedazo de ti con el resto del cuerpo, como si todos tus pensamientos culminaran cada que mi lengua le rozaba.

Por debajo estaba mi boca, sorbiendo cada gota, sin perderme un solo detalle de tu estremecer, de tus movimientos, de tus arrebatos cuando estabas a punto de volverte loca.

Por fin, mis tontas manos hicieron algo más que sostener tus gloriosos monumentos, encontraron tus nalgas, descubrieron en ellas las más excitantes montañas y las conquistaron. Marcaron huellas mis manos, acercando todo tu cuerpo a mi boca en el momento justo que había decido meter mi lengua dentro de ti.

Cada inútil intento tuyo por retroceder era contrarrestado con mis manos, que una vez que tu hubiesen dominado exploraron tu vientre y su camino continuaron. Llegaron a tus senos, por fin, seguramente habrías pensado ya que torpemente acariciaba tus senos por primera vez.

“Quiero que te vengas en mi boca” – pensé. Pero no podía decirlo, no me podía detener, si algo sabía de ti mujer, es que no debo ceder el ritmo, tu excitación debo mantener, así que me decidí a lograrlo, me decidí a acelerar el movimiento de lengua, la succión de mis labios, decidí enviar al ejercito de mi boca, a provocarte un orgasmo, a sentir tus vientre estremecerse, a sentir tus muslos apretar, pero sobre todo, a oír como tu aliento se podría liberar.

Por un instante tu hemisferio sur fue mi mundo, fue toda mi realidad, fue mi propósito en la vida, tu orgasmo fue la razón por la que yo fui creado.

Sin esperarlo, se acercó rápido y rápido en mis movimientos respondí, tu espalda se curvó a punto de reventar, tus manos cerradas y apretaron aún más, tu boca se abrió y por un instante hubo silencio. Hasta que la prisión de tu cuerpo no se pudo contener más; liberando aquel delicioso orgasmo que llevabas cautivo dentro.

En un instante cobraron sentido las olas del mar; al estrellarse con furia contra las rocas, en un instante un suspiro tuyo se volvía infinito, tus gritos encontraban el camino. El instante en el que te sientes liberada de toda presión, de toda culpa, de todo dolor, en el que abres los ojos de pura impresión y liberas la marea que llevas dentro y te conviertes en mar y luna.

Sonríes plenamente y sin sentido, tus músculos aflojan, mientras que recobras el aliento y despertar nunca hubieses querido. Hasta que entiendes que en ese instante; la realidad es mejor que un sueño.

Un sueño llevado en mí y en mi boca vivido.

– Jonathan

Inspirado en un sueño, inspirado en May.

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11 comentarios en “De un sueño, de un orgasmo.”

  1. Te perdono. Te perdono a ti Jonathan, y me perdono por haber canalizado hacia tu persona rencores que no te correspondían.

    Cuento ahora con el valor para dirigir adecuadamente mis sentimientos.

    Que Dios te bendiga.

  2. Te lo dije antes y lo repito, este género te va muy bien y este relato, en particular tiene buen ritmo, y está super bien equilibrado, cuando logras eso sin irte de un extremo a otro, es genial… Muy buen sueño… Jeje

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