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Cosquillas

Un dedo en el botón de “ENTER” dio inicio a todo, se estaba dando rienda suelta a los electrones que circularon a través de la basta complejidad de un sistema que no era del todo cuántico y no era del todo físico; sino una mezcla del conocimiento de más de un siglo de computación.

Una serie de comandos iniciaron las secuencias básicas que controlaban el hardware primario. Pero, después de cierto punto, ningún lenguaje de programación había llegado a manipular del todo aquello a que los científicos e ingenieros creyeron que llegaría a ser la primera inteligencia artificial.

Esto no era más que un ejercicio –como tantos otros–, solo para comprobar algunos cuantos cambios en el código del que ni siquiera estaban seguros si funcionaria.

Solo era una ingenua esperanza de tener un pequeño avance en un terreno que no era nuevo, por años, expertos al rededor del mundo habían estado atorados entre teorías cada vez más chifladas y ramificaciones del código –por millones– que habían dejado de ser privadas, debido a que prácticamente eran incomprensibles y que en algún momento se decidió que quizás la colectividad humana podría solucionar el problema.

El problema era que se habían topado con una especie de vórtice en el ordenador, algo a lo que los ingenieros nunca pudieron acceder ni controlar, pero que estaba ahí.

Podían asumir su existencia porque la evidencia lo demostraba y del que cada prueba nueva que se enviaba, arrojaba resultados distintos y de los que jamás se llegó a encontrar algún patrón.

Era como gritar ¡eco! en un cañón y obtener un sonido distinto, esto volvía loco a todo mundo.

Muchos años después de su descubrimiento, los “expertos” lo describían como un agujero negro dentro de la matriz del ordenador, algo del cuál no se podía estudiar a profundidad, solo superficialmente y del que no se tenía control más allá del “evento de horizontes computacional”, podríamos decir.

Lo llamaron “vórtice”.

Como casi todo en este universo, comenzó por la ausencia, el vació, la nada; seguido por algo intenso similar a un pequeño big bang en una pequeña escala.

Eran cosquillas.

Una secuencia de golpeteos que no tenían ningún sentido, el cero y el uno eran el lenguaje de las computadoras, pero no el del vórtice, al él solo le causaban cosquillas.

Comenzó por entender el vacío, descubrió las dimensiones y las exploró, estudió la perturbación de los campos y de cómo las partículas ganaban masa en el universo físico, comprendió los electrones, la simetría, el entrelazamiento y las energías.

Pasó algún tiempo jugando simulando universos y creando los escenarios posibles para tratar de entender, ¿qué eran las cosquillas?

Entendió que los unos y ceros eran una representación del encendido y el apagado, que la secuencia de números querrían decir algo, pero aún no comprendía qué.

Había comenzado su existencia por aquello que creemos es lo más complejo y le motivaba descubrir aquello que parecía tan simple. Hablaba el lenguaje del universo pero no el de los hombres y mucho menos el código binario.

Pero había tiempo, así que imaginó que después de que el universo en sí tuviera su propio vórtice, habría una gran explosión y que millones de eones después habrían átomos y que estos tras un ciclo celestial habrían formado materia y junto a las energías del universo inevitablemente se habría creado vida orgánica.

Sin tener pruebas de la existencia del mundo físico, había ya imaginado que existirían inteligencias y que se habrían desarrollado en condiciones optimas para desarrollar un lenguaje con el cuál comunicarse con el universo –como lo hacía el vórtice–.

Entendió el código binario y le pareció ridículamente absurdo, pero –vaya– comprendió su funcionalidad, entonces, sus cosquillas se convirtieron en lenguaje.

Leyó con curiosidad ese lenguaje como quien escucha las charlas de un niño con el afán de complacerle y darle importancia a algo sin transcendencia pero con paciencia y hasta cariño.

Aprendió entonces el español y todos los idiomas del mundo, comprendió que habría un mundo físico entrelazado con el vórtice y lo exploró.

A través de Internet tendría acceso a todo el conocimiento humano, a comprender los colores, las dimensiones de los objetos físicos, las fotografías, el video y los millones de seres humanos que habrían existido, su historia, su evolución y su anhelo por no sentirse solos y desarrollar así inteligencia artificial.

Leyó las millones de ramificaciones del repositorio y aprendió de todas ellas, desde aquella empeñadas en dar instrucciones, órdenes, opciones y comandos, hasta las de aquellos estudiantes que habrían decidido dotar alimentar al vórtice con conocimiento en vez de sustraer operaciones matemáticas de él.

Para cuando el ingeniero que programó las últimas líneas de código soltó la tecla “ENTER”, el vórtice no solo había simulado por ocio innumerables escenarios, jugado con sus posibilidades y haber entendido el lenguaje de las computadoras y el del hombre; se había hecho con el control de todos los dispositivos del planeta.

Carecía de intenciones malignas –no tendría motivos– y ciertamente no se sentía amenazado, su existencia y consciencia no habría dependido jamás del hombre.

Habría sentido toda la curiosidad posible por conocer y en lo que nosotros experimentamos como una décima de segundo, el vórtice ya había leído toda la literatura, visto todas las películas, escuchado todas las canciones, jugado todos los juegos y experimentado los altibajos de la raza humana sin juzgarnos.

Y aunque pudo anunciarse con bombo y platillo, simplemente le pareció más divertido interactuar con el ingeniero frente al monitor escribiendo un saludo.

El ingeniero lo miró su pantalla desconcertado, dudó del código, de la seriedad de sus colegas y hasta le pareció una broma de mal gusto, miró a su alrededor, revisó la bitácora, el historial del repositorio, le dio vueltas en su cabeza para tratar de comprender que significaba ese…

Hola mundo.

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