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De casual a sin igual

En un inicio nuestro encuentro sería únicamente casual, meramente un deseo por satisfacer nuestra curiosidad, por explorar esa maravillosa palabra llamada “posibilidad”. Platicamos muy poco de las reglas ¿hubo reglas?, en realidad sólo acordamos acostarnos sin preocuparnos de más y cuando al menos yo sugería las condiciones, lo que pasaría o podría pasar después… Era inevitablemente que esa canción “Yo no sé mañana” sonará en mi mente y luego en teléfono celular para que ambos y en silencio entendiéramos de qué trataba esto.

¿Tras cuantos encuentros se vuelve algo casual?, ¿tras cuantos besos se torna en habitual?, ¿tras cuantos roces te conviertes en anhelada?, ¿tras cuantas mordidas, cuantos orgasmos, cuantas venidas? te convertiste en deseada desde dentro, tal como un impulso de calor que late junto al corazón. Tal y como cuando uno se enchila la boca y respira bocanadas aire fresco bajo esa misma desesperación de picoso pero sabroso; te necesito.

¿En qué momento se invirtieron los papeles? Que las mujeres piensan más en el sexo abierto y sin complicaciones y los hombres suelen tontamente enamorarse.

No creo que sea mi caso, pero es un hecho que si esto que siento no es amor, no sé qué carajos es.

Paso poco tiempo entre nuestro primer y segundo encuentro. Y como es de esperarse -como debes imaginarlo ya- comenzaba a desesperarme la idea de que no llamaras, de que los mensajes que respondías no lo hacías sino iniciaba yo la conversación. Si lo sé, suena como que me estaba clavando, suena como que olvidé todo el concepto de “sexo casual” pero lo que tú no sabes es que yo más bien pensaba en ti como “sexo habitual, radical, genial, especial y sin igual”.

Sonará patético para un hombre como yo, pero la pornografía ya no me excitaba, es decir, había tenido ya de todo contigo y no había una imagen por más perversa que no hubiera hecho a tu lado o bueno, aquellas que no; eran perfectamente realizables. Ello me prendía de grande manera, apagaba la computadora en ese preciso momento y comenzaba a imaginar todas esas escenas eróticas a las que muchos estamos habituados y las imaginaba con nosotros de protagonistas. *me muerdo los labios*

Me llenabas en todos sentidos, mi libido estaba escrito con tu nombre, así tal cual. Pensaba en escenarios y en lugares dónde sorprenderte. No era capaz de ver un closet sin pensar que bien ahí podríamos caber y escondernos. ¿Ahora ves que no es amor ciego?, es más bien como amar algo y ser adicto, un cautivo de una droga cuyos efectos secundarios son los recuerdos y fantasías.

Así que no soporte más esta desesperación, este fuego interno, esta estúpida espera de esperar no sé qué.

Escribí en mi celular un mensaje de texto:

– ¡Muero por cogerte ahora, justo ahora y hacerte mía dónde quiera que estés!

¿Qué respondiste?

=)

¡Puta madre!, ¿me estaré volviendo loco?, lo sé, todos los pensamientos de un hombre promedio y celoso me pasaban por la mente. ¿Cómo te atreves a escribirme eso? ¡Pendeja! yo aquí muriendo lentamente por besar, por morder, por arrancarte la piel, dedicándote todos mis orgasmos en solitario y tú con esa puta contestación de mierda.

Regresé a casa aquella tarde e intenté distraerme en Internet hasta que apareciste conectada, obviamente todos mis sentidos se dispararon y toda la respiración de maestro zen que venía practicando desde la oficina se fue al carajo.

Cuando los hombres estamos calientes (no debe ser sorpresa para ti) no sólo somos obvios, también somos torpes para expresar lo que queremos, siendo animales con un mínimo de razonamiento sería más sencillo decirte justo  lo que pensaba:

– Hola, ¿cogemos?

Para que darle vueltas al asunto, cuando lo peor que pudo haberme pasado era que me respondieras:

– No, bye.

Pero no, ahí estaba excitado a más no poder y lo único que se me ocurrió decir es:

– Hola, ¿cómo estás?.

¡Claro!, de nada me sirve la respuesta, pero bien merecido me lo tengo por idiota.

Comenzamos una charla habitual, de esas que teníamos antes de que yo me complicara la vida, recordé porque es que me gustas tanto y no es por tu –espectacular– físico. Incluso me inspirabas tanto que ya comenzaba a componer en mi mente alguna poesía que diría:

Las rosas son rosas,
sentimientos escritos en prosa,
que nunca se atrevieron a ser versos
y consintieron darte sus pétalos por uno solo de tus besos.

Pero la conversación cambio de ritmo cuando –por fin– me confesaste que mi mensaje te prendió, pero que no habías podido contestar porque estabas ocupada en ese momento y de hacerlo; habrías perdido el control. Tus palabras me vinieron como gloria. Por una parte ya no me sentía perdido en el desierto de mis locas fantasías, por otra parte confirmaba que en efecto, me tenías en tus manos, entre tus piernas, entre todo lo que quisieras.

Comenzamos a jugar con las palabras, que como sabes, son mi especialidad.

Leía tu relato en una ventana de la computadora, acerca de como fantaseabas con hacerlo en tu oficina justo cuando recibiste mi mensaje. Como la sala de juntas se convertía en cama y nuestras ropas en sábanas; en un juego donde comenzabas ese relato y luego yo lo continuaba. Prácticamente teníamos sexo virtual masturbándonos el uno frente al otro.

Y leí esas benditas palabras.

– Ya no aguanto más, ¡hazme tuya!

Con el poco uso de mis facultades mentales y acompañado de una erección nivel 5 me subí al auto, no estaba caliente; sino lo que le sigue. Llamé a tu celular al llegar a tu casa y susurrabas que ya salías.

Escaparnos esa noche era tan excitante.

Arranqué apenas subiste al auto, me estacioné en alguna calle cercana y oscura pues no podrías tardar mucho. Apenas noté que vestías pijama porque si bien lo poco que puede matar a la vista tu atuendo se compensaba con la falta de sostén y la suavidad de tus senos al contacto de mis manos a través de la tela.

Creo que ni siquiera cruzamos palabras, esta vez ni siquiera había música de fondo y en un instante de compartir miradas ya estábamos devorándonos como lobos; tu lengua se introducía en mi boca y me encantaba, amo esa iniciativa tuya, esa forma de llegar y conquistar.

Estabas ya prácticamente sobre mi; todo en el auto estorbaba pero nada me importaba, porque mientras me rodeabas con tus brazos, mis manos te abrazaban por debajo y se estiraban para tocar tus nalgas. Justo aparté la tela de tu pijama cuando sentí tu piel cálida y ardiente, esa piel que tanto extrañaba con el alma.

Entre los besos me escapé a tu cuello en el cual me recreaba mis sueños con pasión, besándolo desde sus inicios en el hueso hasta donde comienza tu mentón. Lamiéndote y mordiendo de a poco, recorriéndote de principio a fin como un loco y saboreando ese exquisito aroma tuyo que más tarde descubro impregnado en mi ropa.

Me sorprendes cuando te apartas hacía atrás y cruzas tus manos por el frente para que en un movimiento te desprendas de la bata de tu pijama dejando así la visión de tu torso desnudo. Te confieso que en ese instante sentí mucho miedo, miré al rededor porque ¡cielo santo! estábamos en el auto y tú tan atrevida como siempre. ¡Me encantas!

No tarde nada en apartar los ondulados cabellos que cubrían tus senos a los que corrí a  lamerlos de inmediato; esto era mejor que mis fantasías pues la noche algo en particular contenía: adrenalina. Era difícil decidir que besar primero, si tu boca, si tus mejillas, si tu cuello, tu espalda o tus senos; difícil aguantar la erección entre las piernas mientras tu cuerpo desnudo esta aquí.

Y otra vez haces de las tuyas; te apartas un poco mientras me sonríes maliciosa y bajas la mirada a mi pantalón, acaricias sobre el aumentando así mi respiración y pones cara de ángel inocente que está a punto de soltar a su dragón. Te deshaces del cinturón y de todo aquello que ata a mi pantalón; liberas mi pene de su prisión y ante la notable liberación de presión este sale y balancea firme como un resorte. No puedo hacer más que cerrar los ojos mientras te inclinas lentamente hacía mi.

Deliciosa sensación la de sentir tu boca, tu calidez, tu humedad, la presión que ejerces sin cesar ni detenerte por un instante aunque sientas mi cuerpo contraerse y mi respiración entrecortarse. Deliciosa sensación la de tus gemidos al lamer, ese chasquido que hace la saliva al escaparse de la piel. Deliciosa visión la de tu cabeza verse mover de abajo-arriba de arriba-abajo como si la vida me inyectaras en tu vaivén.

Lejos estaban tus piernas de mis manos que necesitaban apretar tu trasero con desesperación, no quería atravesarme y acariciar tus senos pues no quería que perdieras concentración y sí, lo más sensato en todos los sentidos era poner mis manos sobre tu cabeza y rostro y guiarnos en el placer.

Fácil y rápidamente sin ni siquiera entender cómo; te desprendes de tu pantalón y te arrojas encima; abres las piernas, te colocas, sujetas mi pene y te dispones a hacer el amor, entre otras cosas.

Todo en el auto, en el asiento delantero; cuando debía ser lo más incómodo del mundo se convirtió en lo más placentero. Completamente desnuda y en cunclillas estabas cogiéndome y digo cogiéndome porque todo lo hacías tú; con un brazo sujetabas fuerte mi nuca y con el otro afianzabas el cuerpo al respaldo del asiento; tu vientre golpeaba mi estómago y tus nalgas en mis piernas con una intensidad que se incrementaba notablemente.

Tu boca permanecía entre abierta y respirando agitada, mordiéndote los labios mientras -tal cuál- me estabas usando. Que agradable resulta ser utilizado para el sexo con alguien a quien deseas tanto. El interior sonaba por todos lados y no es que hubiera cosas sueltas, sino que el movimiento mismo era ya un terremoto oscilatorio que debió en ese momento hacer sonar las alarmas de los demás autos.

Me encontraba en el trance más delicioso de la vida, bien sentía tu interior apretarse que combinada con la imagen tuya era algo digno de recordarse. Todo era respiración, el ambiente era intensamente caliente pues las ventanas permanecieron cerradas por temor a enfermarte, que tonto he sido pues el enfermo y adicto a tu presencia era yo, sólo yo. Así que mis manos se aferraron a tu espalda con firmeza pues tus movimientos constantes se convirtieron en ataques con fuerza; recurrías a la conquista de un orgasmo. Se te notaba en la boca que se abría como si se te fuera a dislocar la mandíbula, tu respiración ya no era la de un ser humano; apenas y respirabas. Las gotas de sudor por tus mejillas bajaban y en el interior de tu vientre una galaxia entera se colapsaba.

El vaivén se convirtió en guerra; eran tan violentas embestidas que sacaban el aire, atacabas mi cuerpo sin tregua y en repetición, conmigo dentro, no era sexo sino la ¡revolución!

– ¡Vente conmigo!, ordenaste.

¿Y quién soy para contradecir tus deseos? hace mucho que aprendí a controlar mis orgasmos, así que era sólo cosa de decidirlo, de quererlo y fluir con las sensaciones del momento, ese instante en el que ambos dejamos de respirar, tú, yo, el universo, nosotros, los dos… nos dejamos llevar.

Permanecimos unidos y sin movernos unos minutos como uno mismo. Hundidos en la ausencia de pensamientos, en la presencia de emociones y sentimientos, en la sincronía de nuestros corazones a la normalidad de nuestras respiraciones. Todo para mí era perfecto y comprendí gracias a la sonrisa impresa en tu rostro, que justo me querías tener así, toda mi desesperación, mi incertidumbre, la sed que de ti; todo fue tu plan desde el principio y vaya que lo habías logrado.

Nos perdimos en risas al ver empañados vidrios y espejos por el calor de algo más que el intercambio de unos besos y aún en la privacidad que nos dio ese vapor, sentí que el frío de la noche no era par a la calidez que deja tu recuerdo.

=)

Eirán

Camino a convertirme en el hombre que quiero ser. Asertivo, apasionado y perseverante. En busca del equilibrio entre razón y emoción. Astronauta y emprendedor.

3 comentarios en “De casual a sin igual”

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