Al entrar al consultorio se detuvo en la puerta.

Le invadió la incertidumbre y dio apenas un perceptible paso hacía atrás sin soltar el picaporte. De alguna forma aquel lugar apacible al que ella se había acostumbrado ahora se pintaba oscuro gracias a las pesadas cortinas estiradas a lo largo de las grandes ventanas y con unas cuantas velas que apenas iluminaban los sillones de la habitación.

Pero no se dejo engañar, los olores que llegaban hasta ella eran sutiles y deliciosos cual flores, la luz, lejos de ser pálida destellaba un tono rojizo que ocultaba los estantes llenos de libros y sólo hacía centellear aquellos con cubiertas metálicas, cerró sus ojos y respiro profundo permitiéndose disfrutar del evidente romanticismo con el que aquella noche estaba preparada.

Su voz su cálida y gruesa le dio confianza.

— Pasa, toma asiento.

Cerró la puerta con delicadeza y se dirigió al diván, su diván —como ella lo llamaba—. Contemplo por un momento la figura del hombre que apenas y se distinguía.

Él cogió libreta y lápiz, se cruzo de piernas y fue recargándose lentamente en la silla mientras que un grave crujido de madera le acompaño a lo largo de su espalda.

Ella suspiro y se dejó caer en su diván.

— ¿Qué es todo esto?, preguntó ella.

— Es un experimento. Veras, lo bueno de las fantasías es que son un juego dónde cada imagen de tu mente proviene de una posibilidad real. Esa es la intención de imaginar, dibujar o escribir; visualizar lugares y circunstancias nunca sucedidas y desear con vehemencia me puedan ocurrir.

Los rasgos de estas historias provienen de experiencias vividas, pero son fragmentos de estas experiencias las que definen y dan forma a aquellas cosas que te gustaría vivir y para la mente no hay distinción entre ellas.

De eso se trata la terapia de hoy.

Ella se encontraba ya sumergida en su voz.

— ¿Cómo se hace?, continuó preguntando.

— Me vas a contar una fantasía sexual, algo que hayas imaginado vivir, un pensamiento que te sorprendió de pronto o quizás una idea que te sea recurrente, algo que nunca hayas hecho pero que en cambio exista en tu mente. Decretó.

— Me da pena, sabes que soy tímida. Ella respondía mientras se encogía de hombros y colocaba sus manos sobre el regazo.

El hombre que golpeaba la libreta con su lápiz; sonrió. Ya esperaba esa respuesta, su trabajo era anticipar, deducir y ayudar a conducir al paciente a la solución más adecuada.

— ¿Tímida?, preguntó con tono retórico.

Para los tímidos no hay mejor afrodisíaco que la imaginación, ellos tienen mucha y son como hombres lobo escondidos esperando su Luna llena. Los tímidos siempre miran desde lo oscuro, desean pero no se atreven y las ansias los carcomen por dentro como fuego que les quema.

Yo nunca apagaría la luz estando cerca de un tímido, porque al contrario de lo que ellos dicen; no le temen, la oscuridad es su ambiente, es su invitación.

Los tímidos caen en gotas de brisa que apenas son perceptibles, después caen como lluvia y si notan que les sonríes; son capaces de apagar los cielos con la tormenta que lleva dentro.

— Parece que describe a un asesino, a un psicópata. Interrumpió la chica del diván.

— El tímido es por mucho, peor que un asesino. Al menos, el asesino te mata una sola vez con el único afán de saciar su sed, en cambio él tímido te mata muchas veces estando a su lado. Quizás en algunas cosas se parece a un psicópata, pero no te dejes engañar; el tímido no se interesa sólo en él  y en su placer. No tiene presas, hace de su “victima” su dios y lo venera.

El tímido es a la vez el mejor de los amantes. Porque antes de tener relaciones con él, él ya las tuvo contigo y de mil maneras diferentes.

Ella sonrío, en ese momento se sentía orgullosa de ser “un tímido”, todo lo que él le había dicho era cierto; había fantaseado mil veces con el mismo hombre, en distintas circunstancias y de maneras en las que jamás se atrevería si quiera a comentar.

— Esta en tu noche, esta es tu Luna llena. Señalando la libreta en su mano.

— Siempre he querido tener sexo salvaje, desesperado, arrancándose la ropa sin importar que será de ella. Sexo que sea sólo eso, dónde uno no se detenga por la emoción, por temor de lastimar al otro. La mera sensación de saciar la sed, de romper los relojes, de entregarse en ese momento, en cualquier lugar. Las palabras salían le salían con fluidez a la “tímida” mujer.

El hombre oculto en la inquieta sombra que provocaba la luz de velas, hacía preguntas esporádicas sin dejar de anotar en su libreta.

— ¿Dónde te imaginas que esto sucede? Preguntó levantando ligeramente la mirada y sin dejar de mover su mano sobre el papel.

— En una habitación de hotel, durante una fiesta con algún desconocido, no sé. En un auto, en un elevador que se ha quedado atorado, en el avión; en el asiento; con el compañero de vuelo. Respondía la chica mientras miraba el techo y se mordía los labios como imaginando todas aquellas situaciones.

— Desabotónate la blusa. Ordenó el hombre.

— ¡¿Qué?!

— Este es tu espacio tímido lobito, estamos adentrándonos en tu fantasía y debes sentirte en ella; recuerda que para la mente la realidad y la imaginación son sólo imágenes, no sabe si esto que vives ahora con el torso desnudo en realidad está ocurriendo, de cualquier forma lo almacena  y automáticamente llena los huecos para darle un tono realista.

¿O me niegas que eso que imaginaste hace un momento, no te excitó?

— Pues sí, lo hizo. Respondío la mujer.

— Imagina entonces que esto es una fantasía, que este diván no existe y que estás soñando con una habitación oscura a luz de velas, que te vas quitando la ropa frente a un hombre que deseas, mientras este finge no mirarte con lujuria. ¿Lo imaginas?

— ¡Sí!. Respondió el lobo, mientras se desabotonaba su blusa.

Ambos prosiguieron las preguntas y respuestas, cada vez más detalladas y cada vez más atrevidas. A cortinas cerradas y el calor de las velas la temperatura se volvió un infierno, la charla terminó por desprenderla de todas sus prendas.

Ella desnuda en el diván confesándose ante aquel hombre que sólo garabateaba su libreta mientras describía la manera en la que le gustaría ser poseída, sus manos en el vientre estaban colocadas inquietas. Pensar en tantas situaciones sexuales la tenían mojada y el olor de su sexo invadía la habitación, movía las piernas desesperada como esperando que él le diera su permiso para tocarse.

A pesar de su extraña ausencia él comenzó a inquietarse por ella. Su olor no era algo que podía ignorar por mucho auto-control del que presumiera tener, levantaba el rostro apenas por encima de su libreta y preguntaba sobre sus historias. Pero ya era evidente su desesperación pues trazaba con el lápiz con rapidez y fuerza.

Lo deseaban, era inevitable y ambos lo sabían.

— ¿Todo es una fantasía? Ella preguntó.

— Todo lo es, la realidad se compone de fantasías, de ideas, de sueños y no al revés.

Ella escuchó crujir la madera de nuevo y abrió los ojos para mirarlo ponerse de pie; se levantó del diván sin pensarlo y caminó con determinación hacia él, ahí estaban frente a frente maestro y alumna, cordero y lobo y al revés. Ella aspiro el aroma de su loción, lo miro a los ojos, lo cogió con ambas manos del sweater y lo jaló hasta sus labios dónde lo beso con fuerza.

Comenzó a devorarlo, le mordía los labios y después se alejaba para observar ese hilo de saliva conectar sus bocas. Comenzó a empujarlo como retando hasta toparle con el librero que continuaba dando destellos. Ahí ella había desnudado su alma, sus secretos y quería igualar las condiciones, al menos con su cuerpo.

Le quitó sweater con rapidez y arranco los botones de su camisa al desprenderla de lado a lado; ya no era ella sino una fiera viviendo sus clímax. Besó su pecho sin darle la oportunidad de nada, después de todo esta era su fantasía  e iba a hacer lo que se le antojara. Sus manos actuaban desesperadas con la misma furia que ella describía en sus relatos, quito el cinturón y de un tirón le bajo el pantalón, puso su mano izquierda sobre su miembro por encima de la tela, con la derecha sostuvo su nuca y lo atrajo para besarle con mayor fuerza, mordiéndolo hasta que él se apartara con dolor. A ella no le importaba, volvió a buscar sus labios para succionarlos, para encajar su lengua en el interior, para rozar la piel con su rasposa barbilla mientras que ya rozaba la piel de su pene asomándose cargada de una poderosa erección.

Pensó en hincarse frente a él para jugar con su pene y enloquecerlo de placer, pero no, su rol de lobo ganó. Era él quien debía ponerse de rodillas para satisfacerla, así que con fuerza lo tomo de los hombros y lo bajó. Él estaba impávido, pero cedió ante la nula oportunidad que se le permitía.
Sin mucho pensarlo, de pie, subió la pierna a una mesa y colocó la boca del doctor en psicología en su vulva. Ni siquiera había abierto la boca cuando ella comenzó a moverse, llenándolo de su lubricante y moviéndose sobre su rostro, se masturbaba sobre sus labios, sobre su barbilla, sobre su nariz.
Nunca le soltó la nuca, ella lo controlaba todo hasta que ahí sobre él tuvo su primer orgasmo. Apretó con fuerza los cabellos de su víctima y se corrió en su cara. Sonreía cínica.

Se dio la vuelta y caminó hacía el diván donde se colocó verdaderamente como una loba recargada sobre sus rodillas y las palmas de sus manos, invitándolo a poseerla.

Él se desvistió por completo, uso un condón y camino hacía ella con deseo de venganza. Cuando se colocó detrás de ella y puso su miembro en la entrada de su sexo, ella embistió hacía atrás metiéndolo todo en un movimiento. Detrás de él estaba el respaldo que hizo de pared impidiéndole moverse atrapado entre ella y el tope del diván.

Ella comenzó a moverse sobre sus rodillas meciéndose hacía delante y hacia atrás impulsándose con su manos, sus nalgas chocaban contra el vientre del caballero de la libreta y eso la excitaba mucho, ese sonido parecido a una nalgada que se repetía con mayor fuerza y rapidez. Su cabello saltaba sobre su enrojecido rostro, sus pezones estaban duros y adoloridos, pero su determinación por cogerse a este señor era sorprendente.

Él se sostuvo de las caderas de aquella tímida, más no pudo hacer.

El hombre atrapado daba gritos y gemidos de placer, su respiración profunda le anunciaba un orgasmo y ella aceleró el ritmo, apretó sus muslos y el interior de su vagina como gloria en carne, ella estaba en control y deseaba sentirlo venirse.

Una sensación de calor la invadió por dentro, él se vencía sobre ella,  que se sentía satisfecha de que todo fuera justo como lo quería.

Así que se giro boca arriba sobre el diván/cama/confesionario, abrió grande las piernas y se estiro para coger la cabeza del recién venido a su palpitante vulva para ordenarle lamerla.

Se perdió en el mundo de sensaciones producidas por aquella lengua sobre los labios de su sexo, se dejó sentir por el recorrido en su entrada hasta los labios interiores, disfrutó sin cohibirse de una boca succionando su clítoris y le guió en el movimiento para que su lengua le pasara por los lugares correctos.

Le excitaba verlo lamerla, la visión de ella misma con las piernas abiertas, el olor de la habitación, las velas casi extintas y el sonido que provocaba la saliva de su boca a su vagina.

El la lamía como un perro y ella se venía como loba, como una tímida en su ambiente oculta en la oscuridad, asechando, fantaseando con la realidad. Convenciéndose de que aquello no era verdad y sólo era un experimento más que aquella noche sucedió en un diván.

— ¿Qué tanto hiciste en la libreta? preguntó.


 

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