in Pensamiento

Dime qué luchas tienes y te diré quién eres

Supongo que las luchas cambian siempre. Antes, en la adolescencia se trataba sobre la libertad, la individualidad, el derecho de elegir, de ser único; eso que muchos llaman rebeldía –al menos en mi caso–. Supongo que cada uno vivió sus propias luchas, algunas justificadas y otras simplemente por el flujo de la corriente.

Después fueron otras luchas, algunas más serias y otras de plano ridículas, como las obsesiones como el amor, el sexo, las drogas, etc.

Uno cambia porque así debe ser –pobre de quien no– y cambian aquellas cosas por las que decidimos luchar, los motivos, las condiciones y las personas o las circunstancias en contra de quién luchamos. Y claro, nosotros decidimos también si valen o no la pena luchar, si al final de ese desgaste emocional –porque lo es– habrá una recompensa que realmente valga el esfuerzo y reconocer que no simplemente es un capricho más, porque seamos honestos, muchas veces lo es.

Las que sabemos que vamos a ganar

No sé si sea una jugada inteligente o no –no lo sé–, que hasta escogemos luchas que sabemos que vamos a ganar, desde porque nos creemos sobradamente inteligentes y solo queremos alimentar el ego y decir –yo puedo porque soy chingón(a)– y no está mal, reforzar la seguridad en uno mismo(a) no está mal. Pero hay que tener cuidado de que, uno; nuestros adversarios no son realmente un reto que nos harán crecer y que tomemos solo batallas que podemos ganar más por vanidad que por crecimiento y nos estanquemos en la mediocridad, creyéndonos chingones(as) y nada más no avanzamos. Y dos; porque disfrutemos no ganar, sino joder al adversario, desde el pretender ser maestros y dar una lección que creemos merecida, hasta el chingar por chingar y pues está más jodido aún porque nada más perdemos tiempo en algo que no retribuye nada más que satisfacción temporal.

Las que sabemos que vamos a perder

–Jajajaja– Hasta me da risa porque parece obvio, pues ¿quién en su sano juicio haría tal cosa?. Pero come on, todos lo hacemos en un punto* de nuestras vidas. Y está gacho, porque lo hacemos conscientemente, hay algo que nos dice muy dentro que pese a todo hay alguna esperanza –sabemos que no– pero nos mentimos bien feo, actuamos inocente pese a que no lo somos y queremos creer que el amor, la justicia y el bien prevalecerá porque si Dios está de mi lado ¿quién estará en mi contra? y cualquier otra chaqueta mental que nos queramos decir y ahí vamos como borregos al matadero.

*Tantos que parecen pecas.

Pero irónicamente, sí aprendemos mucho de estas luchas nefastas, principalmente a no perder nuestro tiempo y quizás a hacer algunos cálculos mentales antes de volver a meter la pata con nuestra inocencia y como consecuencia nos hacemos un poquito más duros. Y claro, hay quienes no, quienes siguen siendo blanditos –hasta pena me dan–.

Sea cual sea la lucha en la que andes ahorita, ¿vale la pena?, ¿hay un aprendizaje o recompensa significativa a largo plazo? o ¿nada más te estás dando el gustito? –el de hacerte pendejo(a) claro–.

A veces ni nos damos cuenta de en cuántas luchas andamos al mismo tiempo y como consecuencia no distinguimos cuales son caprichos y necedades, cuáles son obsesiones y masoquismo y cuáles son las trascendentales y valen la pena.

Reconocer nuestras luchas –y neta, escribirlas en papel– para analizar seriamente como estrategas; en qué chingados estamos perdiendo el tiempo. Quizás nos ayude a darnos una idea del panorama, del tiempo que nos ha tomado y nos tomaría seguir el mismo rumbo y no sé, quizás, hacer algunos ajustes.

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