Despedirme es un tonto engaño, para ti que lo crees y para mí al pronunciarlo. Si de verdad quisiera huir no lo diría, partiría sin la gloria de tu recuerdo, sin la añoranza de abrazarte más, sin el pecado de someternos al placer de un sueño carnal. Si no te quisiera no estaría aquí parado fuera de tu ventana sintiéndome un tonto y no obstante ahí estaba guardando que no se colara ningún otro viento más que el de mi suspiro. De no haber advertido mi retiro y luego haber partido no podría regresar.

Estar lejos de ti es una cuerda bien amarrada a tus caderas que se tensa cada que pienso en tus besos, se me enreda en el cuello cuando estoy apartándome lo suficiente para sentir la asfixia de un recuerdo —elige cualquiera—.

Advierte un polizón en tu cama, que he de trepar ese árbol que parece no sostener ni sus ramas. He de llegar como sea hasta tus pies fríos con mis manos cálidas, he de trepar esas piernas tuyas así interrumpa tu noche calma. Disfruta con esa sonrisa dibujada de catadora de sensaciones encontradas, goza de mi ausencia de cuerpo presente pues no soy yo quien te toca, es mi recuerdo el que te recorre toda.

Despedirme ha sido un tonto engaño, aunque de no haber partido; nunca habría regresado.

 

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