Sirena

Había una vez una isla que habitaba una sirena cuyos poderes —decían— podían volver realidad los sueños de cualquier hombre. Muchos se embarcaron hacía su encuentro sedientos de deseo pero uno tras otro regresaron con las manos vacías maldiciendo los engaños de aquella sirena.

Contaban que una vez habiéndola encontrado y formulado su deseo ella les solicitaba algo a cambio, pero resultaba —para ellos— ser mucho más costoso que el mismo deseo, decían que la sirena pedía demasiado y eran irracionales los sacrificios o tributos a pago. Así que  la reputación de la sirena que concedía deseos se fue deteriorando y de boca en boca sus historias se fueron convirtiendo en rumores, hasta que finalmente su leyenda fue reducida a un cuento vulgar que solo los niños podrían creer.

Precisamente un niño fue quien quedó cautivado con esta historia contada por su abuelo y al paso de los años; una vez convertido en hombre se embarcó a su encuentro a pesar de que muchos le advirtieron sobre la ficción de la leyenda,  otros advirtieron que dicha sirena solo engañaba a los hombres y les quitaba la ilusión de sus sueños.

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De un sueño, de un orgasmo.

Que extraños pensamientos me provocas. Si, digo me provocas; porque me resulta más sencillo culparte por estos deseos, estos “tus sentimientos”, estas ganas de ser tuyo, sólo tuyo y no saber de nada más. Mientras que tu influencia sobrevenga y con tu personalidad sin vergüenza, mientras tu tan directa, tan perversa en esta tu fantasía en la que serás mía y sólo mía.

Mirarte constante en el pequeño espacio que tú misma ganaste, aquel rincón de mi vida en el que tus pensamientos y mis palabras persistían, mientras hablabas de deseos, mientras pretendía yo no ser uno de esos. Hasta que no pude más negarte; cuando tu cuerpo se presentó entre mis sueños y mi mente no pensó en otra cosa que desearte.

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