¿Será tu estatura? Justo a la altura de estos lazos que tengo sujetos en los hombros, que una vez que amarran no te sueltan de entre sus nudos.

¿Serán tus ojos? Esos dos hoyos negros, esos portales tuyos a las dimensiones más profundas de la consciencia, esas dos monedas brillantes que ningún barquero se atrevería a tomar; esos ojazos decorosos negros de cafés de mieles multicolores de un erótico mirar.

Serán entonces tus pestañas. Esas ráfagas que coquetas bien pueden arrasar a un pueblo de un pestañear convertido en huracán. Esas que se mojan discretas y se vuelven brochas que pintan colores transparentes en tus mejillas, que con sólo verte pueden conmigo acabar. Esas que cuando se cierran lo dejan mudo a uno como esperando que el telón se abra ante la impaciente expectativa y cuando se cierran ante la ahogada tragedia, la maravillosa seña de que algo está punto de pasar.

Será pues —seguro— tu cabellera, esa melena abundante como jungla de la cuál asoman mis dedos, escondite de tus senos, los hilos que me caen en la cara cuando me amas sin parar, larga y tupida, suave y cambiante cual humor. Esa maga que llega con cabello quebrado de tintes felinos y parte lacia y correcta según la ocasión.

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