De esas veces…

De esas veces que quieres mandar a la verga todo, de esas veces que te arden los ojos porque las lagrimas se contienen, de esas veces que te miras al espejo con odio, por cabrón, por pendejo, porque te aguantas imaginando que las lagrimas se deben resevar para cuando muera tu propia madre.

De esas veces que quieres golpear el muro o cortarte el brazo, de esas veces que quieres que se te salgan los sentimientos con la misma facilidad con que fluye la sangre; pretendiendo inmaduramente canalizar las emociones que precisamente son imposibles de controlar, de esas veces que el corazón late tan fuerte que te incita a acelerar en la moto, cerrar los ojos y gritar, gritar con furia y desesperación como si quisieras sacarte el dolor del pecho.

De esas veces que no quieres morir pero tampoco vivir, de esas veces, esas putas veces que sabes que al final, tristemente…

…es mejor así.

Tu nombre

No sé cómo pude llegar a odiarte tan apasionadamente o porque te deseo con tanta locura, ni sé de esta mezcla de sentimientos, pasión o locura o deseo, hambre o sed o aventura. Traigo escrito tu maravilloso nombre en las historias que vengo escribiendo ya sin tinta y que aún no hemos vivido, porque aunque a veces no sea yo tu protagonista tu siempre serás la mejor tinta y papel —digamos— de este soñador que ha aprendido a vivir la locura de tu piel.

Te aprendo con solo recordarte, atento —aunque no me agrade reconocerlo— a tus palabras, a tus viajes, a tus comidas, a tus deseos.

Te odio sin rencor, te odio con envidia.  Amo lo que eres.

Es tan poco el tiempo que te he conocido y es tanto lo que me has dado. Y no el sexo, ni el desayuno, ni la cena, ni siquiera la belleza de tus ojos: Tu locura. Es como mirar algo a través de los dulces ojos de un niño y desearlo sin malicia, pero desearlo hasta las tripas, hasta los sueños, hasta los dibujos, hasta en las líneas de constelaciones trazadas con el dedo.

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