Preparatoria

Nunca la conocí del todo. Habría escuchado pronunciar su nombre —nada común—, sonaba algo así como “Roxanne”  o eso entendía cuando la llamaban sus amigos. A pesar de tener al rededor de 18 años, su cuerpo era lo que en ese entonces hubiese llamado perfecto. Buenísima la tía, simpática, risueña y pelirroja para acabar de rematar. Y yo, un teto hecho y derecho.

No miento cuando digo que era un teto, hasta usaba el cabello para atrás atiborrado de gel y no usaba camisa a cuadros de puro milagro, pero sí me la pasaba todo el santo día metido en el taller de computación con el resto de mis amigos. Lo cuál no era tan malo porque a pesar de todo, sé que si bien no soy guapo, sí soy atractivo. Y como dicen, en tierra de ciegos el tuerto es rey.

Yo la deseaba desde lejos como no había deseado nunca a una mujer. Crucé un par de palabras con ella en los pasillos de la preparatoria, siempre intentando no parecer estúpido, pero resulta que es precisamente lo que uno termina pareciendo cuando intenta ser algo que no es. Para mí ella era una Diosa.

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