Volar

Llevamos mucho tiempo soñando,
muchos años dedicados al azul profundo
a las suaves nubes, al viento y su canto.

Muchos años de tratar, de intentarlo;
a prueba y error, de subir y caer,
de cerrar los ojos y extender los brazos.

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Redundancia

A veces me parece verte,
despierto pero son mis sueños
y regreso a buscarte entre ellos,
pues deseo conocerte.

Entonces me apetece un beso
nada más que de esos labios de cielo,
esa sonrisa que me provoca celo
y esa mirada tuya que tanto quiero.

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¿Será tu estatura? Justo a la altura de estos lazos que tengo sujetos en los hombros, que una vez que amarran no te sueltan de entre sus nudos.

¿Serán tus ojos? Esos dos hoyos negros, esos portales tuyos a las dimensiones más profundas de la consciencia, esas dos monedas brillantes que ningún barquero se atrevería a tomar; esos ojazos decorosos negros de cafés de mieles multicolores de un erótico mirar.

Serán entonces tus pestañas. Esas ráfagas que coquetas bien pueden arrasar a un pueblo de un pestañear convertido en huracán. Esas que se mojan discretas y se vuelven brochas que pintan colores transparentes en tus mejillas, que con sólo verte pueden conmigo acabar. Esas que cuando se cierran lo dejan mudo a uno como esperando que el telón se abra ante la impaciente expectativa y cuando se cierran ante la ahogada tragedia, la maravillosa seña de que algo está punto de pasar.

Será pues —seguro— tu cabellera, esa melena abundante como jungla de la cuál asoman mis dedos, escondite de tus senos, los hilos que me caen en la cara cuando me amas sin parar, larga y tupida, suave y cambiante cual humor. Esa maga que llega con cabello quebrado de tintes felinos y parte lacia y correcta según la ocasión.

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Sirena

Había una vez una isla que habitaba una sirena cuyos poderes —decían— podían volver realidad los sueños de cualquier hombre. Muchos se embarcaron hacía su encuentro sedientos de deseo pero uno tras otro regresaron con las manos vacías maldiciendo los engaños de aquella sirena.

Contaban que una vez habiéndola encontrado y formulado su deseo ella les solicitaba algo a cambio, pero resultaba —para ellos— ser mucho más costoso que el mismo deseo, decían que la sirena pedía demasiado y eran irracionales los sacrificios o tributos a pago. Así que  la reputación de la sirena que concedía deseos se fue deteriorando y de boca en boca sus historias se fueron convirtiendo en rumores, hasta que finalmente su leyenda fue reducida a un cuento vulgar que solo los niños podrían creer.

Precisamente un niño fue quien quedó cautivado con esta historia contada por su abuelo y al paso de los años; una vez convertido en hombre se embarcó a su encuentro a pesar de que muchos le advirtieron sobre la ficción de la leyenda,  otros advirtieron que dicha sirena solo engañaba a los hombres y les quitaba la ilusión de sus sueños.

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Un café que quita el sueño.

Dián entró como todas las tardes a la cafetería de Sebastián su mejor amigo. Lo saludó con una placida sonrisa y ordenó café sentándose en su mesa favorita, la que daba justo frente al mar, extendió el periódico y se dispuso a disfrutar del atardecer.

Sebastián se acerco trayendo consigo café, se sentó a la mesa y curioso preguntó acerca de la chica con la que Dián se había acompañado la noche anterior y que le había presentado, la misma de la que se habían pasado hablando tardes enteras hasta ocultarse el Sol, la misma que había resultado ser la chica de sus sueños, la que estuvo en su pasado y Dián nunca pudo olvidar.

Mientras Sebastián hablaba de la alegría que le daba saber que por fin su mejor amigo había encontrado a la chica adecuada, Dián guardo un incómodo silencio, al principio creyó que sólo se trataba de una broma pero no tardo demasiado en darse cuenta que el interés en sus preguntas y la charla era serio, de que en realidad anoche él había estado allí, en esa misma mesa con Sebastián y con “ella” y no había sido nuevamente un sueño.

Dián se levantó de un salto de la mesa, tartamudeó apenas unas palabras y se alejó velozmente del lugar en busca de ella; un amor de un sueño que aquella tarde; resultó ser su realidad.

Sebastián sonrió y lo observó salir corriendo torpemente de la cafetería. Lo entendía.

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